Y luego está Resident Evil Village, que directamente no sabe si eres su víctima o su público objetivo más confundido.
Porque sí: aquí pasas del “me cago en todo” al “madre mía la Dimitrescu” en menos de cinco minutos. Y el juego lo sabe. Y no solo lo permite… lo alimenta.
El pueblo: vacaciones rurales con trauma incluido
Empiezas el juego y piensas: “vale, un pueblo, nieve, ambiente tranquilo… esto no puede ir mal”.
Error.
En cuanto das dos pasos, el juego te suelta una atmósfera de: “aquí ha pasado algo muy feo y tú vas a ser el siguiente episodio”.
Casas vacías, sonidos raros, puertas que no deberían abrirse… y tú diciendo “seguro que no es para tanto”.
Spoiler: siempre es para tanto.
Ethan Winters: El protagonista con cicatrices emocionales y físicas
Ethan ya las pasó putas en resident evil 7, pero aquí no va a dejar de sufrir. No sé que tiene Capcom en contra de sus manos...
En este juego demuestra una vez más que posee la capacidad sobrenatural de perder partes del cuerpo y reaccionar como quien se ha dado un golpe con la pata de la cama.
Lady Dimitrescu: Capcom sabía exactamente lo que hacía
Vamos a hablar claro.
Esa señora no está diseñada solo para dar miedo.
Está diseñada para que internet colapse.
Te persigue por el castillo como si le debieras dinero, y tú alternas entre correr por tu vida y pensar “no debería estar pensando en cochinadas ahora”
Capcom aquí no hizo un enemigo. Hizo un fenómeno social con uñas largas.
El Duque: El buhonero que desafía toda lógica.
El Duque es ese personaje que no sabes si es bueno, malo o alivio cómico visual. Es grande y gordo nivel Bobba feet, siempre te atiende de buen humor y no sabes cómo, pero llega a los sitios antes que tú.
No sé quién es. No sé qué quiere. No sé cómo demonios ha llegado antes que yo atravesando un castillo lleno de monstruos. Pero si me pide que le compre una planta azul, se la compro.
El castillo: Resident Evil se pone elegante
El castillo Dimitrescu es básicamente: “Resident Evil, pero con presupuesto alto y trauma aristocrático”.
Pasillos largos, habitaciones elegantes, enemigos que parecen invitados a una boda maldita…
Y tú, con una pistola que suena como una grapadora enfadada.
El contraste es precioso. Y humillante.
Beneviento: el juego deja de bromear contigo
Y entonces el juego dice: “¿te estabas riendo? perfecto”.
Porque llega la casa Beneviento y te quita las ganas de todo.
Aquí no hay tiros. No hay acción. No hay postureo.
Solo tú, el silencio… y el tipo de tensión que te hace mirar la puerta de tu casa de otra forma durante dos días.
Es el momento en el que Resident Evil Village te recuerda que sigue siendo Resident Evil. Por si te habías olvidado entre tanto meme.
Moreau y Heisenberg: el festival del “¿qué estoy viendo?”
Después del susto elegante y el terror psicológico, el juego decide: “ahora toca cosas raras”.
Moreau es directamente un “no sé qué es esto, pero no quiero acercarme”.
Y Heisenberg es el típico villano que habla como si estuviera en su propio spin-off de Marvel… pero con chatarra y mala leche.
Heisenberg tiene la energía de alguien que ha visto Mad Max, X-Men y un programa de gente que compra chatarra en la misma tarde y ha decidido convertirlos en una religión.
El combate: tiro, sufro, tiro otra vez
El gunplay es muy Resident Evil moderno:
apuntas, dudas, disparas, fallas, entras en pánico y recuerdas que tenías granadas, pero las guardas “por si acaso”.
mueres igual.
Clásico.
En el juego usas el bloqueo, que es como poner las manos delante cuando un coche te va a atropellar, la hostia te la comes.
El tono del juego: caos con identidad múltiple
Resident Evil Village es un juego que no decide qué quiere ser:
terror gótico
shooter de acción
meme con patas
simulador de “Capcom estaba aburrida un martes”
Y lo más raro: funciona.
Porque aunque cambie de tono cada dos horas, siempre te mantiene dentro del mismo bucle:
curiosidad → tensión → susto → “qué coño acabo de ver” → seguir jugando.
Conclusión: el pueblo te adopta (te guste o no)
Al final, Resident Evil Village no te asusta solo con monstruos.
Te asusta con la mezcla.
Te pone incómodo, te tensa, te hace reír sin querer y, en algún momento, te deja mirando la pantalla pensando: “esto no debería funcionar… pero funciona”.
Y cuando lo apagas, te queda la duda:
¿he sobrevivido al pueblo… o el pueblo me ha analizado a mí?
Y en algún rincón de tu cerebro seguirá viviendo una pregunta inquietante: ¿qué daba más miedo exactamente, la casa Beneviento o admitir que dejarías a Lady Dimitrescu que se sentase en tu cara?
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