No te dice quién eres, ni por qué disparas, ni qué has hecho mal en la vida para acabar aquí.
Solo te da un revólver, un escenario lleno de hijos de puta y una orden implícita:
Sigue avanzando.
El salón recreativo era el Lejano Oeste
Entrabas al bar, a los recreativos o a cualquier antro con máquinas pegajosas y sabías que aquello no era un sitio seguro.
Ruido de monedas, gente mirando por encima del hombro, mucho humo y la pantalla de Sunset Raiders llamándote con sus colorines.
Elegías vaquero como quien elige ataúd.
Aquí no había builds.
No tenías ventajas ni hostias.
Aquí había balas, saltos y reflejos.
Cuatro pistoleros y cero instinto de supervivencia:
Billy, Cormano, Bob y Steve.
Cuatro notas biográficas y ninguna preocupación por seguir vivos.
Uno disparaba doble (en diagonal y recto).
Otro parecía sacado de un grupo rock.
Otro llevaba un poncho que no protegía de nada.
Y el último… bueno, disparaba como un cabrón, que es lo importante.
No había trasfondo.
No había trauma infantil ni venganza.
Solo una misión clara: disparar hasta llegar al fondo de la pantalla.
Si se mueve, se dispara. Si no, también
En Sunset Riders no hay decorado.
Hay objetivos secundarios.
Puertas, ventanas, candelabros, botellas, gallinas, carteles, camareras…
Todo explota.
Todo da puntos.
Todo te incita a apretar el botón como si no hubiera mañana.
No disparabas por estrategia.
Disparabas por principios.
Jefes con nombre propio y ninguna redención
Simon Greedwell.
Sir Richard Rose.
Jefes que no se justifican, no tienen arco narrativo y no lloran antes de morir.
Aparecen. Te disparan. Te matan. Y cuando los derrotas, no hay cinemática triste.
Hay música, un sprite cayendo y tú pensando:
“Vale. El siguiente.”
La dificultad arcade: aprende o paga
No había checkpoints generosos.
Aquí aprendías a hostias.
Cada error costaba una vida.
Cada 3 vidas, una moneda.
Y cada moneda, una lección.
Sunset Riders no te enseñaba.
Te examinaba.
Y suspendías muchas veces. Pero volvías.
Porque cuando sobrevivías un nivel sin morir, te sentías un crack.
Por qué sigue siendo mejor que muchos juegos actuales.
Porque es claro.
Porque es rápido.
Porque no te miente.
No te promete una experiencia que te vaya a cambiar la vida.
Te da diversión directa, sin discursos, sin mensajes ocultos y sin miedo a que te frustres.
Sunset Riders confía en ti…
pero solo un poco.
Epílogo: esto no era nostalgia, era carácter
No jugábamos a Sunset Riders porque fuera justo.
Jugábamos porque era honesto. Y que coño, divertido también lo era un rato.
Hoy muchos juegos te explican por qué fallas.
Sunset Riders simplemente te mata.
Y a veces, eso es exactamente lo que un buen juego tiene que hacer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario